Capítulo 4
No había nada que Pitt pudiera hacer el domingo. Los comercios no estaban abiertos, y tenía la seguridad de que ninguno de los particulares con los que quería entrevistarse estaría disponible o tan siquiera dispuesto a recibirlo, por no hablar de prestarle el tiempo y la atención que precisaría para, recabar la información, o las impresiones, que deseaba.
De modo que pudo disfrutar de un magnífico día en casa con Charlotte, Jemima y Daniel. Era el mejor momento del otoño, el tiempo no podía ser más agradable: sin gota de viento, con un sol calinoso, una suave luz dorada y una sensación de amplitud en el cielo que permitía olvidar que se hallaba en Londres e imaginar que más allá del muro solo había árboles y campos segados.
Pitt no disponía de mucho tiempo para dedicarle al jardín, pero el poco que tenía era raro y precioso, y lo valoraba sobremanera. Tan pronto como soltó el cuchillo y el tenedor del desayuno, salió y comenzó a cavar, vestido con unos pantalones viejos, las mangas arremangadas. Alzaba la oscura tierra y la removía con gran satisfacción, deshaciendo los terrones, separando las raíces enmarañadas de las plantas perennes y dividiéndolas en nuevas plantas para la primavera. Los ásteres se erguían en torres azules y púrpura, y los crisantemos exhibían velludas cabezuelas color cereza y lila, dorado, rojo, blanco y rosa. Las rosas tardías eran escasas y preciosas. Era la última vez que cortaba el césped y en el aire flotaba su fragancia, junto con el aroma a mantillo y a sol sobre hojas mojadas.
Jemima, que contaba siete años, lucía un delantalito del año anterior y estaba medio acuclillada a su lado, la cara llena de barro, sumida en feliz concentración, las manos entretenidas desenmarañando raíces, quitando las malas hierbas. A unos metros Daniel, dos años menor, estaba arrodillado escuchando a Charlotte, que intentaba explicarle qué hojas eran pamplinas y cuáles flores.
Pitt se giró, miró por encima de Jemima y se encontró con la mirada de Charlotte. Ésta le sonrió, el cabello sobre los ojos, una mejilla embadurnada de tierra, y él se sintió más dichoso que nunca. Había algunos momentos tan preciosos que la necesidad de aferrarse a ellos era algo físico. Tenía que obligarse a tener fe en que llegarían otros igualmente buenos, dejarlos marchar debía ser sencillo, pues de lo contrario se romperían en el mismo acto de agarrarse a ellos.
A las cinco el sol declinaba lentamente, al pie de los muros se dibujaban ya profundas sombras y la oscura tierra estaba suave y llena de macizos recién plantados. Se sentían todos ellos cansados, mugrientos y extraordinariamente satisfechos.
Daniel se quedó dormido mientras tomaban el té, y la cabeza de Jemima se inclinaba más y más a medida que su padre le leía un cuento después. A las seis y media la casa estaba en silencio, el fuego encendido; junto a él Pitt dormitaba con los pies apoyados en la pantalla, y Charlotte cosía botones en una camisa distraídamente. El lunes por la mañana parecía otro mundo.
Con la luz del día regresó con nitidez el deber, y a las nueve en punto Pitt se apeaba de un coche en Markham Square, Chelsea, con la intención de entrevistarse con el otro testigo con el que Stafford había hablado el día en que murió y a quien Pitt aún no conocía: Devlin O'Neil.
Le habían dado su dirección en el despacho de Stafford, y tras pagar al cochero subió por los peldaños que conducían a la puerta principal de una acomodada casa adosada con amplios pórticos, un pomo de latón en forma de cabeza de grifo y un montante de abanico con una vidriera de colores. La vivienda parecía tener al menos el ancho de tres ventanas a cada lado de la puerta, y cuatro plantas de altura. Si Devlin O'Neil era su propietario, eso significaba que le iba muy bien y que no tenía motivos para pelearse con su amigo Kingsley Blaine por una apuesta de unas pocas guineas.
Abrió la puerta una elegante sirvienta ataviada con un vestido oscuro y una cofia y un delantal impecables guarnecidos de encaje. Era alegre y rezumaba confianza en sí misma.
—¿Sí, señor?
—Buenos días. Me llamo Thomas Pitt. —Le tendió su tarjeta—. Le ruego que me disculpe por venir a una hora tan inoportuna, pero me gustaría ver al señor O'Neil antes de que salga para atender los asuntos del día. Tiene que ver con la muerte de un amigo suyo y corre cierta prisa.
—¡Oh, cielos! Le aseguro que yo no sé quién se ha muerto. Será mejor que entre, y le diré al señor O'Neil que está aquí. —Le abrió la puerta de par en par, dejó la tarjeta en una bandejita de plata y lo hizo pasar a la salita de mañana. Era oscura y no había fuego, mas estaba inmaculada, decorada en un estilo extremadamente conservador y tradicional. El mobiliario era voluminoso, de roble tallado en su mayor parte, y estaba repleto de toda suerte de fotografías y adornos, recuerdos de cada visita, pariente y acontecimiento familiar de al menos las últimas cuatro décadas. El respaldo de las sillas se hallaba protegido por antimacasares bordados, rematados con una desgastada labor de croché. Los altos techos lucían un artesonado de profundas cuadrículas que dotaban a la estancia de una apariencia clásica, desmentida por los ornados apliques de latón. No había flores en la consola, sino una comadreja disecada bajo un fanal de cristal. Era un objeto de decoración doméstica muy habitual, pero al mirar sus ojos brillantes, artificiales, Pitt lo encontró repulsivo y triste. Había crecido en una gran propiedad en el campo en la que su padre era guardabosques, de modo que no le fue difícil visualizar a la criatura en libertad, ferozmente viva. Esa reliquia inmóvil y un tanto polvorienta de su ser resultaba en exceso ofensiva.
La puerta se abrió mientras contemplaba la comadreja. Pitt se dio la vuelta y vio el educado rostro de la sirvienta.
—Si es tan amable de seguirme, el señor O'Neil le espera.
—Gracias.
Pitt la siguió y cruzaron el recibidor hasta llegar a una habitación cuadrada, de altos techos, que daba a un jardín extremadamente cuidado en el que crecían flores otoñales en hileras.
En la sala, el mobiliario era voluminoso y pesado, con un aparador de unos dos metros y medio de altura repleto de toda clase de platos, soperas y salseras. Los ricos cortinajes caían en una cascada de colores vino y dorado. Fotografías de la familia en marcos de plata cubrían las otras mesas y escritorios, y en las paredes colgaban varios dechados enmarcados.
Devlin O'Neil, que se encontraba de pie junto a la ventana, se giró tan pronto como oyó abrirse la puerta. Era esbelto, de estatura un tanto superior a la media, y lucía un atuendo informal, pero caro, consistente en una chaqueta de cuadros de exquisita lana y una ligera camisa de algodón egipcio. El precio de sus botas habría alimentado a una familia pobre durante una semana. Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros, y su rostro rebosaba de humor e imaginación indisciplinada, si bien en ese momento su expresión era de preocupación.
—Pitt, ¿no es cierto? Gwyneth dice que viene por la muerte de alguien. ¿Es así?
—Sí, señor O'Neil —contestó el inspector—. El juez Stafford. Murió repentinamente en el teatro la semana pasada. Sin duda estará enterado.
—Ah… no puedo decir que lo esté. Supongo que lo habré leído en los periódicos. Naturalmente que lo lamento, pero no conocía a ese hombre. —Tenía un leve acento, poco más que una ligera musicalidad en la voz, que Pitt se esforzaba por ubicar.
—Sin embargo, estuvo con él el día en que murió —señaló el inspector.
O'Neil parecía incómodo, pero sus ojos oscuros no apartaban la mirada del rostro de Pitt.
—En efecto, pero vino a verme por un asunto de… supongo que podría decirse de negocios. Era la primera vez que lo veía, y no volví a verlo más. —Sonrió fugazmente—. Yo no lo llamaría un amigo, señor Pitt.
Pitt ubicó el acento. Era del condado de Antrim.
—Lamento haber causado una falsa impresión a su sirvienta. —Le devolvió la sonrisa—. Solo quería decir que era alguien de quien usted podría tener información relevante.
O'Neil alzó las cejas, altas y arqueadas.
—No habló de su salud conmigo. Y he de decir que tenía muy buen aspecto. No era un hombre joven, por supuesto, y sin duda le sobraban algunos kilos, pero nada importante.
—¿De qué habló con usted, señor O'Neil?
Éste vaciló, a continuación se relajó y se mostró abiertamente divertido. Se apartó de la ventana y observó al inspector con curiosidad.
—Sospecho que ya lo sabe, señor Pitt, de lo contrario no estaría aquí. Al parecer seguía interesado en la muerte del pobre Kingsley Blaine, cinco años atrás. No acierto a decir por qué, salvo que esa infeliz, la señorita Macaulay, no lo dejaba estar. Y no me sorprendería que él quisiera poner fin a la discusión y a las preguntas sobre el caso de una vez por todas. Cenizas a las cenizas y todo eso, ¿no está de acuerdo?
—¿Es eso lo que le dijo?
—Bien, no me lo dijo exactamente así, ya me comprende. —O'Neil caminaba por la habitación, la calma de su porte denotaba seguridad. Se sentó de lado en el brazo de un sillón y miró a Pitt con correcto interés—. Me preguntó por todo el asunto, claro está, y le repetí lo mismo que dije a la policía y ante los tribunales en su momento. No puedo decir más. —Indicó al inspector una silla para que tomara asiento—. Todo fue muy cortés, muy agradable —continuó—, pero no mencionó por qué me lo preguntaba, aunque supongo que los caballeros de su posición no acostumbran confiarse a gente como nosotros, pobres ciudadanos de a pie. —Dijo todo ello con una sonrisa, pero Pitt se figuró que estaba inquieto porque se había vuelto a sacar a la luz ese asunto e ignoraba el porqué. Por fuerza habría sido doloroso. Si Stafford estaba intentando enterrar el caso, no le habría importado decírselo a O'Neil. En cambio, si tenía pensado volver a abrirlo, quizá no quisiera mencionarlo.
—¿Le importaría explicarme lo que le dijo el señor Stafford? —Pitt terminó por sentarse, invitado expresamente a hacerlo.
—Bien, desde luego que no tengo inconveniente en que usted lo sepa —respondió O'Neil observando con atención la cara de Pitt pese a su actitud desenfadada—. Pero quizá tenga la gentileza de decirme por qué, usted comprenderá. Le estaría muy agradecido.
—Por supuesto. —Pitt cruzó las piernas y sonrió mirándolo directamente a los ojos—. Al señor Stafford lo asesinaron esa misma noche.
—¡Cielo santo! ¡No es posible!
Si O'Neil no estaba sorprendido, era un excelente actor.
—Algo lamentable —añadió el inspector—. Ocurrió en el teatro.
—¿De veras? ¿A él? Un juez del tribunal supremo nada menos. ¿Qué clase de canalla mataría a un juez, a un hombre mayor… o al menos un hombre mayor con respecto a usted y a mí? —O'Neil hizo una mueca—. Entonces ¿fue un robo?
—No… lo envenenaron.
—¡Lo envenenaron! —Sus ojos oscuros reflejaron una sorpresa aún mayor—. Por todos los santos… qué cosa más insólita. ¿Por qué lo envenenaron? ¿Cree que se trata de algún caso en el que estuviera trabajando?
—No lo sé, señor O'Neil. Esa es una de las razones por las que me gustaría saber qué le dijo a usted aquella tarde.
La mirada de O'Neil no evidenció la menor vacilación. Controlaba su rostro inteligente, volátil, mucho más de lo que Pitt se hubiera figurado en un principio; pese a todo su encanto natural, en él no había nada de ingenuo.
—Es lógico —repuso al punto—. Yo en su lugar también querría saberlo. Tendré mucho gusto en complacerle, señor Pitt. —Se revolvió ligeramente en su asiento—. En primer lugar me preguntó si recordaba la noche en que asesinaron a Kingsley Blaine. Todo ello una vez intercambiadas las cortesías de rigor, naturalmente. Respondí que claro que la recordaba, ¡como si pudiera olvidarla, por mucho que lo intente! Entonces me pidió que se la refiriera, cosa que hice.
—¿Le importaría referírmela a mí también, señor O'Neil? —lo interrumpió Pitt.
—Si lo desea. Bien, fue a principios de otoño, pero estoy seguro de que eso ya lo sabe. Kingsley y yo habíamos resuelto ir al teatro. —Se encogió de hombros, de un modo exagerado, expresivo, al tiempo que tendía las manos con las palmas hacia arriba—. El estaba casado; yo, sin compromiso. Pese a todo, él estaba muy enamorado de la actriz Tamar Macaulay, y después de la actuación tenía la intención de ir a verla a los camerinos. Tenía un regalo que pensaba darle y no cabe duda de que creía que ella le estaría convenientemente agradecida.
—¿De qué se trataba? —interrumpió el inspector de nuevo.
—De un collar. ¿No lo sabía? —Parecía sorprendido—. ¡Por supuesto que lo sabe! Sí, una joya muy hermosa. Perteneció a su suegra, que en paz descanse. Seguramente no debería habérselo entregado a otra mujer, pero todos hacemos tonterías a veces. El pobre diablo está muerto y ya habrá respondido por ello. —Hizo una breve pausa y miró a Pitt con interés.
—Ciertamente. —El inspector se sintió obligado, cuando menos, a confirmar que le escuchaba.
—Entonces él y yo tuvimos una especie de desacuerdo… nada importante, ya me entiende, solo una apuesta sobre el resultado de una pelea. —Esbozó una sonrisa burlona—. Una exhibición del noble arte del pugilato, entre nosotros, señor Pitt. No nos pusimos de acuerdo en quién había ganado… y él se negó a pagarme aunque, según las normas, el dinero era mío. —Adelantó el labio inferior con tristeza—. Abandoné el teatro temprano, con cierto malhumor, y acudí a una casa de trato. —Sonrió con candidez, enmascarando la vergüenza que pudiera sentir—. Kingsley se quedó con Tamar Macaulay y se marchó muy tarde, o eso creo. Al menos ese fue el testimonio del portero. A Kingsley, pobre infeliz, le dieron el recado, supuestamente de mi parte, de que se reuniera conmigo en la casa de juego que ambos frecuentábamos por aquellos días. —Hizo una mueca de dolor—. Para llegar hasta allí había que pasar por Farrier’s Lane, y todos sabemos lo que ocurrió allí.
—¿El recado fue escrito o verbal?
—Oh, verbal… todo de palabra.
—Entonces ¿no volvió a ver al señor Blaine?
—No, vivo no, pobre infeliz.
—¿Fue eso todo lo que le preguntó el juez?
—¿El juez? —O'Neil abrió sus ojos oscuros de par en par—. Oh… ¿se refiere al pobre señor Stafford? Sí, eso creo. Francamente, me pareció una pérdida de tiempo. El caso está cerrado. Se pronunció un veredicto y no existían dudas al respecto. La policía dio con el tipo en cuestión. El pobre diablo perdió la cabeza, enloqueció. —Hizo una leve mueca—. No era cristiano, ya sabe. Distintas ideas del bien y el mal, sin duda. Lo ahorcaron, no había elección. Las pruebas eran concluyentes. Eso debía de ser lo que se proponía el señor Stafford: demostrarlo para que incluso la señorita Macaulay no tuviera más remedio que admitirlo y dejara de importunar a todo el mundo.
Bien podría ser la verdad. Pitt había ido a ver al señor O'Neil porque una de sus obligaciones más obvias consistía en volver sobre los pasos de Stafford. Aquella tarde, alguien había echado opio líquido en su petaca, de lo contrario Livesey y su amigo se habrían envenenado cuando bebieron de ella antes. Sin embargo, también abrigaba la esperanza de averiguar algo que le indicara si Stafford tenía la intención de reabrir el caso o de cerrarlo para siempre. ¿Tal vez una esperanza vana? O'Neil fue uno de los sospechosos iniciales. Difícilmente querría que el asunto volviera a salir a la luz.
Pitt miró a O'Neil, repantigado cómodamente en el sillón. Si estaba nervioso, lo ocultaba mejor que nadie. Parecía despreocupado, triste, correcto, un hombre tratando generosamente un tema de lo más desagradable, sometiéndose a una obligación socialmente exigida que él comprendía sin resentimiento.
—¿Le preguntó algo nuevo en algún sentido, señor O'Neil? —Pitt esbozó una sonrisa adusta, intentando aparentar que sabía algo que aún no había revelado.
O'Neil parpadeó.
—No, nada que recuerde. Todo me pareció terreno trillado. Oh… sí me preguntó si Kingsley llevaba bastón o algún tipo de báculo, pero no me dijo por qué quería saberlo.
—¿Y llevaba bastón el señor Blaine?
—No. —O'Neil torció el gesto—. No era la clase de hombre que se enzarza en una pelea con cualquiera. Fue un asesinato por motivos personales, señor Pitt. Si alguien intenta decir que fue un altercado, una pelea cara a cara con alguien, son imaginaciones. —Perdió la luminosidad de su expresión y se inclinó—. Fue brutal, rápido y contundente. Yo vi el cuerpo. —Palideció—. Fui yo quien acudió a identificarlo. No tenía más familia que su esposa y su suegro. Me pareció lo adecuado. El cuerpo no presentaba ninguna otra marca, señor Pitt. Solo la puñalada que lo mató, en el costado y en dirección al corazón… y los… los clavos en las manos y los pies. —Meneó la cabeza—. No… no, es imposible que se tratara de una pelea entre dos hombres armados. Él no se defendió.
—¿No mencionó el señor Stafford por qué le interesaba saberlo?
—No… Le pregunté, pero eludió la respuesta.
Pitt no acertaba a comprender por qué motivo Stafford había planteado esa pregunta. ¿Tendría que ver con las pruebas médicas que había cuestionado? Debía encontrar a Humbert Yardley y preguntárselo.
—¿Cómo era Kingsley Blaine, señor O'Neil? —prosiguió—. Por desgracia no sé absolutamente nada de él. ¿Era alto?
—Oh. —O'Neil parecía desconcertado—. Bueno más alto que yo, pero ágil, ya me entiende. —Miró a Pitt con expresión inquisitiva—. No era un atleta, sino más bien un… bueno, no hay que hablar mal de los muertos, y además era amigo mío, pero más bien un soñador, ¿sabe? —Se levantó con cierto garbo—. ¿Le gustaría ver una fotografía suya? Hay algunas en la casa.
—¿De veras? —Pitt estaba sorprendido, aunque ciertamente era algo razonable. Ambos habían sido amigos.
—Claro —respondió O'Neil al punto—-. Después de todo, estuvo viviendo aquí durante toda su vida de casado… que, Dios le bendiga, duró solo un par de años.
Pitt se sorprendió. En las notas que había leído no se mencionaba nada al respecto.
—¿Esta casa era de Kingsley Blaine?
—Ah, no. —Era evidente que a O'Neil le divertía la confusión del inspector—. La casa pertenece a mi suegro, el señor Prosper Harrimore. Y naturalmente mi abuela política, la señora Adah Harrimore, también vive aquí. —Volvió a sonreír con absoluto candor—. Me casé con la viuda de Kingsley. ¿No lo sabía?
—No —admitió Pitt poniéndose también en pie—. No lo sabía. ¿Habló el señor Stafford con alguno de los miembros de su… familia?
—No… Vino tarde, alrededor de las cuatro. Yo acababa de llegar a casa de un excelente almuerzo tardío, él me había hecho llegar un mensaje al club y preferí verlo aquí que allí. —Fue hasta la puerta y la abrió—. Entonces no sabía lo que quería, a excepción de que tenía que ver con Kingsley. Era algo que yo no deseaba tratar en público ni recordar a mis amigos, si es que era lo bastante afortunado para que lo hubiesen olvidado.
—¿Y los otros miembros de la familia no estaban en casa? —El inspector salió al recibidor.
O'Neil lo siguió.
—No… mi esposa estaba de visita en casa de unos amigos, mi abuela política había ido a dar un paseo en coche y mi suegro se encontraba en su oficina. Tiene intereses en una sociedad mercantil en el centro.
Pitt retrocedió para dejar que O'Neil lo precediera por el exquisito recibidor, con suelo de losetas blancas y negras, del que partía una magnífica escalera que conducía a una amplia galería.
—Me complacería mucho ver una fotografía —aseguró. No sabía con exactitud qué podría sacar en claro de ella, pero quería ver a Kingsley Blaine, tener al menos una impresión del protagonista de esa tragedia que, al parecer, continuaba peligrosamente viva a los cinco años de la muerte del propio Blaine y del ahorcamiento de Aaron Godman por su asesinato.
—Ah, bien —dijo O'Neil alegremente, a todas luces con un recuperado buen humor—. Se la ¡enseñaré, no faltaba más.
Abrió la puerta y llevó a Pitt a otra estancia mayor y más caldeada, en la que ardía un fuego en el hogar que crepitaba ruidosamente, de llamas saltarinas. Una mujer joven de cabello castaño claro y pómulos inusitadamente prominentes estaba sentada en un escabel acolchado, y a su lado había un niño moreno, de pelo crespo, de unos dos años. Una niña, que Pitt calculó tendría unos cuatro años, se hallaba sentada en la alfombra, frente a la mujer, en las manos un libro delgado, de brillante colorido. Su aspecto era bastante distinto: tenía el cabello de un rubio ceniciento, solo levemente ondulado, y unos solemnes ojos azules.
—Hola, preciosa —saludó O'Neil con tono alegre, acariciándole la cabecita.
—Hola, papá —repuso contenta—. Estoy leyendo un cuento a mamá y a James.
—¡Caramba! —dijo O'Neil con admiración, sin cuestionar su veracidad—. ¿Y de qué trata?
—De una princesa —respondió la niña sin vacilar—, y de un príncipe encantado.
—Vaya, es estupendo, tesoro.
—Me lo ha dado el abuelo. —Se lo enseñó con orgullo—. Me ha dicho que si soy buena seré una princesa como ella.
—Pues claro que lo serás, cariño —le aseguró O'Neil—. Kathleen, querida —añadió dirigiéndose a la mujer—, este es el señor Pitt. Ha venido por un asunto de negocios. Señor Pitt, permítame que le presente a mi esposa.
—Encantado de conocerla, señora O'Neil —saludó el inspector educadamente. De modo que esa era Kathleen Blaine O'Neil. Era hermosa, muy femenina, y sin embargo sus rasgos revelaban fortaleza, una fortaleza que no se veía enmascarada por el suave mentón y los dulces ojos.
—Encantada de conocerlo, señor Pitt —saludó ella sin expresión alguna, salvo una ligera curiosidad.
—Al señor Pitt le interesa la fotografía —afirmó O'Neil dando la espalda a Kathleen y mirando al inspector—. Tenemos algunas buenas fotografías que desearía mostrarle.
—Naturalmente. —Kathleen sonrió al inspector—. Sea bienvenido, señor Pitt. Espero que le resulten útiles. ¿Toma usted muchas fotografías? Me figuro que habrá conocido a gente interesante.
Pitt vaciló solo un instante.
—Sí, señora O'Neil, no cabe duda de que he conocido a gente muy interesante, con rostros bastante singulares, tanto buenos como malos.
Ella siguió mirándolo sin hacer ningún otro comentario.
—Tal vez le guste esta —dijo O'Neil con naturalidad.
Pitt se acercó y vio un gran marco de plata con una fotografía de una joven mujer en la que no tardó en reconocer a Kathleen O'Neil vestida de etiqueta. Tras ella había un hombre de aproximadamente la misma edad, alto, aún con la esbeltez de la juventud, rubio, de cabellos ondulados que le caían ligeramente sobre la ceja izquierda. Poseía un rostro atractivo, afable, sentimental, rebosante de una sensualidad romántica, natural. Al inspector no le hizo falta preguntar si era Kingsley Blaine. Después, en privado, preguntaría a O'Neil si Blaine era el padre de la niña, la mayor, la de pelo rubio, pero sería una mera formalidad; la respuesta era evidente.
—Sí —dijo pensativo—. Una foto excelente. Le estoy muy agradecido, señor O'Neil.
Kathleen lo miraba con interés.
—¿Le ha sido de ayuda, señor Pitt? Él era mi primer marido. Murió hará unos cinco años.
Pitt se sintió un hipócrita. Las palabras se agolpaban en su cabeza. Debía decirle que lo sabía, pero ¿cómo hacerlo sin poner en un aprieto a O'Neil?
Este lo rescató.
—El señor Pitt ya lo sabe, querida —explicó a su esposa—. Ya se lo he contado.
—Oh. Entiendo. —Sin embargo era obvio que no lo entendía.
La situación quedó salvada cuando una puerta se abrió y entró un hombre. Miró primero a O'Neil, luego a Pitt, con un interrogante marcado en el rostro poderoso, de nariz afilada. Era corpulento, fornido de tórax, y caminaba con una acusada cojera. Contempló por un instante a los niños con intenso orgullo en los ojos, antes de volverse hacia Pitt.
—Ah, buenos días, papá —saludó O'Neil con una sonrisa encantadora—. Este es el señor Pitt, un conocido mío de los negocios.
—¡Aja! —Harrimore dirigió a Pitt una mirada cortés, mas con expresión cautelosa. Tenía un rostro notable: por un momento resultaba de una fuerza casi amedrentadora, y sin embargo, cuando se movía y la inteligencia iluminaba sus ojos, también era vulnerable. Tenía la boca un tanto torcida, pero era imposible decir si de crueldad o de dolor—. Me alegro de que haya venido a nuestra casa, señor Pitt, y nos haya ahorrado la molestia de desplazarnos a esta hora. ¿Ha almorzado o podemos ofrecerle un refrigerio?
—Muy amable de su parte, señor Harrimore, pero ya he almorzado, gracias —respondió Pitt. Kathleen tal vez aceptara que el motivo de que se encontrara allí fuese el interés por la fotografía, pero no creía que Prosper Harrimore se dejara engañar con tanta facilidad.
—Devlin estaba enseñando al señor Pitt la fotografía de Kingsley y yo en nuestra boda —aclaró Kathleen con una sonrisa.
—¿De veras? —preguntó Harrimore sin quitar ojo al inspector.
—Una excelente muestra de arte —halagó Pitt, mirando a O'Neil.
—En efecto —convino este volviéndose hacia su esposa—. Será mejor que te ocupes de los niños, querida, y de su paseo matinal, ahora que el tiempo es tan agradable.
Ella se levantó obedientemente —reconocía una orden cuando la oía—, presentó sus excusas a Pitt y a su padre, salió al recibidor seguida de los dos pequeños y cerró la puerta.
—El señor Pitt ha venido por la muerte reciente y repentina del juez Stafford —explicó O'Neil de inmediato. Su rostro había recobrado su antigua gravedad—. Vi al pobre hombre el mismo día en que murió, de forma que es natural que se me pregunte.
—Muy discreto por su parte, señor Pitt —dijo Harrimore pausadamente, mirándolo de arriba abajo—. ¿Y por qué se interesa usted por ese asunto? No parece policía.
Pitt no estaba seguro de si se trataba de un cumplido o de una queja.
—A veces es una ventaja —repuso con tranquilidad—, pero no he engañado al señor O'Neil a ese respecto.
—No… no, supongo que no. —Un humor incierto asomó a los ojos de Harrimore—. ¿Y por qué se interesa la policía por la muerte del señor Stafford?
—Porque me temo que no fue una muerte natural.
Harrimore se puso tenso.
—Eso no es asunto nuestro. Esta casa ya ha tenido más que suficiente con un asesinato, como sin duda sabrá. Mi difunto yerno murió violentamente. Le agradecería que no sacara a relucir este tema y atormentara de nuevo a mi familia. Mi hija ya ha sufrido bastante y haré todo cuanto esté en mi mano para proteger a todos de una mayor aflicción. —Miró a Pitt con severidad, inconfundible la tácita amenaza.
—Esa es la razón por la cual me he abstenido de mencionar el auténtico motivo de mi visita en presencia de su hija —repuso Pitt con calma—. La señora O'Neil no podía saber nada del señor Stafford, ya que no estaba en casa cuando este vino, de forma que estimé que lo mejor sería ser discreto.
—Algo es algo —concedió Harrimore de mala gana—. Aunque no sé qué ha podido decirle Devlin.
—Poca cosa —intervino este con delicadeza—. Solo lo que el señor Pitt ya sabe por otros, papá. Pero supongo que el pobre tiene ante sí una ardua tarea.
Harrimore resopló.
La puerta volvió a abrirse y entró una anciana de pecho prominente, hombros estrechos y caderas anchas, mas de porte erguido y una exquisita cabellera. Su parecido con Harrimore era lo bastante pronunciado para hacer innecesarias las presentaciones, salvo por cortesía.
—Encantado de conocerla, señora Harrimore —dijo Pitt tras el frío saludo de ella.
Adah Harrimore lo observaba con sus brillantes ojos oscuros, hundidos como los de su hijo y extremadamente inteligentes.
—Inspector —dijo con cautela—, ¿de qué se trata esta vez? Aquí no ha habido ningún crimen. ¿Qué quiere de nosotros?
—Es algo sobre la muerte del juez Stafford, pobre hombre —explicó O'Neil mientras ahuecaba un cojín en la silla contigua a la anciana—. Murió la otra noche, en el teatro.
—¡Por el amor de Dios, deja eso en paz! —espetó Adah mirando de reojo la silla—. No necesito sentarme aún. ¡Estoy perfectamente! ¿Y qué si murió? Los viejos mueren a cada minuto. No me extrañaría que bebiera demasiado y le diera una apoplejía. —Se volvió hacia Pitt y lo miró de hito en hito—. ¿Ha venido aquí tan solo porque un juez murió en el teatro? Será mejor que tenga una buena explicación, joven.
—La suya no fue una muerte natural, señora —afirmó Pitt mirándola a la cara—. El señor Stafford vino a esta casa ese día para ver al señor O'Neil. Quería saber cuál era su estado de ánimo, así como lo que el señor O'Neil recuerda de su conversación.
—¿Su estado de ánimo es relevante para su muerte? ¿Está diciendo que se quitó la vida?—inquirió Adah.
—No. Lamento decirle que lo asesinaron.
Las aletas de la nariz de la anciana se movieron levemente al espirar, y alrededor de su boca la piel palideció de forma casi imperceptible.
—¿Lo asesinaron…? Es una desgracia, pero no tiene nada que ver con esta familia, señor Pitt. Vino aquí una vez, por una investigación, según tengo entendido. No lo vimos nunca más, ni antes ni después. Lamentamos su muerte, pero aparte de eso no hay nada que podamos hacer. —Se volvió hacia O'Neil—. ¿Devlin? Supongo que ese hombre no te confió ninguna duda acerca de su seguridad.
O'Neil la miró con los ojos muy abiertos.
—No, abuela. Me pareció perfectamente tranquilo, controlando la situación.
La mujer estaba pálida y tenía un ligero tic en el párpado derecho.
—¿Sería una impertinencia preguntar por qué motivo vino a verte un juez a esta casa? Que yo sepa la familia no tiene causa alguna ante el tribunal de apelación.
O'Neil vaciló solo un instante, rehuyendo la mirada de Pitt.
—En absoluto, abuela —aseguró con una sonrisa relajada—. No lo mencioné en su momento para no inquietarla, pero Tamar Macaulay no dejaba de importunar al pobre hombre para que reabriera el caso de la muerte de Kingsley, que en paz descanse. El señor Stafford quería demostrarle de una vez por todas que está cerrado. El veredicto fue correcto y ella no va a cambiarlo, pobre mujer, por mucho que se empeñe. Dejemos que la gente olvide y siga con su vida.
—Eso digo yo —afirmó la anciana con vehemencia—. La pobre desgraciada debe de estar demente para insistir en desenterrar ese asunto. ¡Eso acabó! —Tenía los ojos brillantes, con una expresión de dureza—. Mala sangre—añadió con amargura—. Imposible escapar a ella. —Se quedó mirando fijamente el rostro de O'Neil—. Kingsley está en su tumba, al igual que ese maldito judío. Que nos dejen vivir en paz. —Su rostro era severo, destilaba un antiguo odio, un terrible dolor.
—Así es, abuela —murmuró O'Neil—. No permita que siga atormentándola. Ahora el pobre señor Stafford también está en la tumba… o a punto de estarlo. Esperemos que sea suficiente incluso para la señorita Macaulay.
Adah se estremeció y en sus ojos se acrecentó el odio.
Prosper cobró vida de repente, como si hubiera estado congelado y despertara en ese preciso instante.
—¡Se acabó! Señor Pitt, no hay nada que podamos hacer para ayudarle —dijo bruscamente—. Le deseamos lo mejor, pero tendrá que buscar en otra parte a quienquiera que matara al señor Stafford. No cabe duda de que tiene enemigos personales… —Se calló el resto, dejándolo en el aire. No iba a hablar mal de los muertos, era vulgar, mas las conclusiones estaban implícitas.
—Gracias por haber tenido la gentileza de recibirme, señora. —Pitt se dirigió a la rígida figura de Adah, y a continuación a la de Harrimore. Aceptó lo inevitable. De todos modos no iba a averiguar nada más de boca de O'Neil. La respuesta de que Stafford solo pretendía demostrar la verdad sin lugar a dudas era demasiado satisfactoria y demasiado creíble, para que él pudiera decir algo distinto. Y dado que al parecer no había nadie más en la casa cuando se presentó el juez Stafford, no podían ser sospechosos… y tampoco tenían motivo para asesinarlo. Ellos no habían estado implicados en el asesinato de Kingsley Blaine, la investigación inicial nunca los tuvo en cuenta.
—No hay de qué —repuso la anciana con una frialdad atenuada únicamente por las exigencias de la urbanidad—. Que tenga un buen día, señor Pitt.
Prosper miró de reojo a su madre, luego a Pitt, esbozó una sonrisa forzada y a continuación tomó la campanilla para llamar a una sirvienta que acompañara al inspector hasta la puerta.
Fuera, en la tranquila calle, Pitt empezó a dar vueltas en la cabeza al asunto. Parecía cada vez más probable que habían sido Juniper Stafford o Adolphus Pryce quienes vertieron el opio en la petaca. A decir verdad, por muy inútil e innecesario que resultara al mirarlo a la fría luz de la razón, quizá en el calor de la pasión imaginaran que, con Stafford muerto, podían hallar una felicidad que se les escaparía mientras él viviera. La obsesión no siempre ve más allá del momento, ni de los deseos que consumen y colman el pensamiento hasta que se satisfacen, cueste lo que cueste.
¿Era realmente eso lo que sentían? Era algo que tendría que considerar, y la sola idea le hizo torcer el gesto. Era una intromisión que detestaba. La gente tenía debilidades que nadie debía conocer, y esa clase de necesidad desequilibrada y absorbente de otra persona era una de ellas. No engrandecía al que la sentía, lo empequeñecía y al final lo destruía, como al parecer había destruido a Juniper Stafford y a su amante.
No obstante, antes de comenzar a buscar pruebas a ese respecto acabaría con el caso Blaine/Godman. Ya sabía mucho de él, pero podía haber otras cosas —detalles que solo conociera la policía— que alteraran el panorama. Asimismo deseaba formarse su propia opinión de los hombres que habían llevado a cabo la investigación inicial, conocer las presiones a que estuvieron sometidos entonces, el margen de error, a ser posible las impresiones de dichos hombres.
En consecuencia, caminó despacio hasta la vía principal, las manos en los bolsillos, sumido en sus pensamientos. No le gustaba juzgar las investigaciones de los demás, pero no tenía elección. Aun así, trataría de hacerlo con la máxima discreción, de modo que le llevó algún tiempo elegir las palabras con las que empezaría.
Llegó a la comisaría de policía de Shaftesbury Avenue poco antes de mediodía.
—¿Sí, señor? —preguntó, educado, el sargento de recepción, el rostro adecuadamente inexpresivo.
—Inspector Pitt, de Bow Street —se presentó—. Tengo un problema con el que creo podría ayudarme, si es tan amable de concederme un minuto.
—Por supuesto. Estoy seguro de que haremos lo que podamos. ¿De qué se trata?
—Tengo un caso difícil entre manos cuyos antecedentes tal vez conozca. Agradecería poder hablar con el oficial responsable de un caso del que se ocuparon ustedes hará unos cinco años. Un asesinato en Farrier’s Lane.
El rostro del sargento se ensombreció.
—Eso ya se aclaró en su momento, señor Pitt. Está liquidado. Yo mismo estaba aquí y lo sé todo al respecto.
—Sí, lo sé —convino el inspector con tono conciliador—. No se trata de quién era el culpable, sino de un asunto que se deriva de su conclusión. Necesito hablar con el oficial responsable, si es posible. ¿Sigue en el cuerpo?
—Por supuesto… lo han ascendido desde entonces. Hizo un buen trabajo. —El sargento se enderezó inconscientemente y alzó un tanto la barbilla—. Es el inspector jefe Lambert. No me cabe duda de que si puede ayudarle con su problema estará encantado de hacerlo. Con mucho gusto se lo preguntaré, inspector. —Y poniendo en su sitio a Pitt con semejante firmeza, se dirigió al fondo de la oficina y volvió unos minutos después para decirle que, si no le importaba esperar unos diez minutos, el señor Lambert lo atendería.
Pitt aceptó de buen grado, aun cuando ardía en deseos de desquitarse.
Permaneció de pie cinco minutos, luego se sentó en el banco de madera y aguardó, impaciente, otros diez más, después volvió a levantarse. Por fin apareció un joven policía que lo condujo hasta un pequeño y desordenado despacho en el que un impetuoso fuego calentaba claustrofóbicamente la estancia en comparación con el despacho de fuera, más frío. Charles Lambert lo recibió con una mirada de circunspecta urbanidad. Frisaba en los cincuenta, presentaba una avanzada calvicie y tenía unos rasgos nobles y ojos claros.
—Buenos días… Pitt, ¿no es así? Siéntese. —Señaló la única silla que había—. Lamento haberlo hecho esperar. Estoy muy ocupado. Un montón de robos desagradables. El sargento dice que necesita ayuda. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Estoy trabajando en el asesinato del juez Samuel Stafford…
Lambert arqueó las cejas.
—No sabía que lo hubieran asesinado. Pensaba que había muerto en su palco del teatro.
—Así fue. Envenenado.
Lambert meneó la cabeza y adelantó el labio inferior.
—El sargento mencionó Farrier’s Lane. ¿Qué tiene eso que ver con la muerte de Stafford? —Su voz era cautelosa—. Eso acabó hace cinco años y, de todos modos, él no era el juez. Fue Quade, Thelonius Quade. No hubo duda alguna sobre el veredicto o sobre el desarrollo del juicio.
—Pero hubo una apelación —dijo Pitt con la mayor suavidad posible. Debía tener presente en todo momento que no conseguiría nada si provocaba a Lambert y este se ponía a la defensiva—. Ninguna prueba nueva, supongo.
—Ninguna. Solo un desesperado intento de salvar al hombre de la horca. Comprensible, supongo, pero inútil.
Pitt respiró hondo. No estaba consiguiendo nada. El tacto tenía sus limitaciones.
—Stafford estaba investigando el caso de nuevo. El día en que murió se entrevistó con la mayoría de los sospechosos iniciales.
El rostro de Lambert se endureció, y se enderezó un tanto en la silla.
—¡No sé para qué! —Su voz ya delataba una actitud defensiva—. A menos que la hermana lograra persuadirlo de algún modo. —Se encogió de hombros, expresando con claridad el rechazo que le producía semejante idea—. Es una mujer atractiva y está obsesionada con que su hermano era inocente. Es una insinuación desagradable, lo sé. —La brusquedad volvió de nuevo a su tono, en guardia frente a un esperado ataque—. Pero así son las cosas. No sería el primer hombre que pierde la cabeza por una mujer bonita y resuelta.
Pitt estaba irritado, pero trató de ocultarlo.
—No… por supuesto que no. Y puede que eso fuera todo, pero comprenderá que si he de decir eso, debo tener buena prueba de ello. Su viuda no lo aceptará así como así; y tampoco sus compañeros de la judicatura. —Se esforzó por esbozar una sonrisa que no sentía—. Estaremos poniendo en duda la virtud y el buen juicio de todos ellos si decimos que simplemente había perdido el seso por una cara bonita, y que se olvidó de su inteligencia y de su experiencia hasta el punto de reabrir el caso por ese motivo. Me encontraré en una situación muy poco envidiable si afirmo eso y no puedo probarlo.
Lambert le devolvió la sonrisa, relajándose un tanto a medida que su mente saltaba de sus propias dificultades a las de Pitt.
—De eso no cabe duda —convino con una sensación cercana al entusiasmo—-. Sus señorías se lo tomarán a mal. Acabará persiguiendo a rateros y tahúres.
—Exactamente. —Pitt se revolvió un poco en su asiento. La estancia era asfixiante—. Así pues, ¿podría decirme todo lo que recuerda del asesinato de Farrier’s Lane? Así podré decir a mis superiores que no puede ser que Stafford estuviera investigándolo por ningún motivo razonable. —Se disculpó mentalmente ante Micah Drummond por la calumnia implícita.
—Si cree que eso le ayudará —respondió Lambert—. Fue todo muy sencillo, aunque en su momento no cabía esperarlo.
—Desagradable, me atrevería a pensar —murmuró Pitt—. Un inmenso clamor popular.
—Nunca he visto un caso igual —afirmó Lambert arrellanándose en su sillón, poniéndose más cómodo. Ahora comprendía lo que el inspector quería y, más importante aún, por qué—. Salvo los asesinatos de Whitechapel, pero naturalmente ellos nunca atraparon al Destripador, pobres diablos. Unas cuantas dimisiones gracias a él.
—En cambio, usted sí atrapó a su hombre.
Los ojos de Lambert, de un color avellana claro y nítido, se enfrentaban a los de Pitt conscientes de todo cuanto quedaba sin decir, así como de la conversación superficial entre ambos.
—Lo atrapamos… y me ascendieron. Todo fue legítimo. —La brusquedad volvió a su voz una vez más—. Las pruebas eran incontrovertibles. No puedo negar que tuvimos suerte, desde luego, pero también hicimos un excelente trabajo. Mis hombres estuvieron fantásticos: disciplinados, entregados y contenidos en situaciones complicadas. Mucha histeria. Mucho terror. Algunos incidentes muy desagradables en el East End. Un par de sinagogas asaltadas, ventanas destrozadas, un prestamista molido a palos. Carteles por todas partes y pintadas en las paredes. Algunos periódicos incluso pidieron que se expulsara a todos los judíos de la ciudad. Muy desagradable… pero no puede culparlos. Fue uno de los peores asesinatos de Londres. —Estaba observando atentamente a Pitt, estudiando su rostro, interpretando su expresión.
Este intentaba mantener a raya sus emociones, parecer impasible, y estaba casi seguro de que no lo conseguía.
—¿Sí? —preguntó cortésmente—. Sé que encontraron el cuerpo de Kingsley Blaine en Farrier’s Lane… ¿quién lo encontró?
Lambert hizo un esfuerzo por recordar los detalles.
—El chico del herrero, por la mañana temprano —contestó—. El pobre muchacho se llevó un susto que no logró superar en todo el tiempo que lo tratamos. Oí que después del juicio dejó Londres y se fue al campo. A Sussex.
—¿No pasó nadie más por Farrier’s Lane esa noche? Extraño, para ser un lugar de paso habitual, ¿no cree?—observó Pitt.
—Bien, digámoslo así: si pasó alguien, o bien no vio a Blaine claveteado a la puerta de las caballerizas o no lo notificó. Supongo que cualquiera de las dos posibilidades es bastante plausible. La gente iría pendiente de su camino y no lo vería en la oscuridad…
—¿Las caballerizas no quedaban de paso?
—No… no, fue en el otro lado del patio.
—De forma que quienquiera que matara a Blaine lo atrajo para que cruzara él patio o bien era lo bastante fuerte para llevarlo hasta allí —razonó Pitt.
—Supongo que es lo lógico —admitió Lambert—. En cualquier caso Blaine conocía a Godman; no resultaría difícil convencerlo de que abandonara el callejón y se dirigiera al patio…
—¿Que no resultaría difícil? Yo no iría solo al patio de unas caballerizas en la oscuridad con un hombre a cuya hermana estuviera seduciendo, ¿y usted?
Lambert lo miró de hito en hito, el rostro enrojecido por la confusión y el enojo.
—Creo que ha extraído una conclusión equivocada. Kingsley Blaine era un joven bien parecido, educado, un tanto ingenuo, que se enamoró de una actriz con talento, en realidad ninguna belleza, pero… magnética, una mujer que sabe cómo manipular a los hombres. —Había en su voz certidumbre y desprecio—. Si hubo algún seducido, fue Blaine, no ella. Godman tal vez se sintiera mortalmente ofendido, pero sabía que era cierto. —Negó con la cabeza—. No, Pitt, Tamar Macaulay no era una jovencita inocente seducida por un canalla. Nadie que conociera a los implicados se lo habría imaginado así. En mi opinión, es bastante fácil creer que Blaine iría hacia Godman creyéndose totalmente seguro.
Pitt reflexionó un instante y despojó su voz de todo escepticismo.
—Pudiera ser que Tamar Macaulay llevara la voz cantante en su aventura, que fuera la seductora, si así lo desea… pero ¿presume usted que dejó que Blaine se diera cuenta de ello?
—No tengo ni idea. —Lambert se mostró despectivo—. ¿Acaso importa?
El inspector cambió de postura en la silla. Le habría gustado que Lambert abriese una ventana. En la habitación apenas había aire.
—Bien, ciertamente lo que importa no es la realidad de la relación, sino lo que Blaine pensaba que era —apuntó—. Si se creía un mal tipo por tener una aventura con una actriz, entonces se habría sentido culpable y habría obrado con cautela… por muy ridículo que resultara.
—Lo dudo —replicó Lambert, en el rostro el vivo reflejo del rencor al comprender el razonamiento—. Godman no era un hombre de estatura o constitución poderosas. Blaine no era corpulento, pero sí alto. No creo que temiera por su integridad física.
Pitt se revolvió en su asiento, incómodo, tirándose instintivamente del cuello de la camisa para impedir que lo ahogara.
—Bien, si Blaine era un hombre alto y Godman bastante menudo, resulta poco probable que este último fuera capaz de arrastrar a Blaine ya muerto y sujetarlo contra la puerta mientras le claveteaba las manos y los pies —razonó—. Por cierto, ¿cómo logró hacer eso? ¿Lo sabe?
Lambert enrojeció más aún.
—No. Ni lo sé ni me importa, inspector Pitt. El estado de ira en que debía de encontrarse para hacer algo así… Quizá así hallara la fuerza. Dicen que los dementes poseen una fuerza sobrehumana cuando les sobreviene un ataque de locura.
—Tal vez —dijo Pitt con grandes dudas.
—¿Qué demonios importa eso ahora?—espetó Lambert con aspereza—. Se hizo. Y fue él quien lo hizo… eso está fuera de toda duda. A Blaine, pobre diablo, lo clavaron a la puerta de las caballerizas. —Había palidecido, su voz rezumaba emoción—. Lo vi con mis propios ojos. —Le recorrió un escalofrío—. Clavado con clavos de herrador en las manos y los pies… los brazos extendidos como la imagen de Cristo, los pies juntos, y todo lleno de sangre. Godman fue visto saliendo del callejón y manchado de sangre. Se las arregló para alzar el cuerpo, probablemente le claveteara primero una mano y luego la otra.
—¿Ha intentado alguna vez levantar un cuerpo muerto, Lamben? —preguntó Pitt con tono ecuánime.
—¡No… y tampoco he intentado nunca crucificar a nadie, ni montar en bicicleta por la cuerda floja! —exclamó Lambert—. Pero el hecho de que yo no pueda hacerlo no significa que no pueda hacerse. ¿Qué está tratando de decir, Pitt? ¿Que no fue Godman?
—No. Simplemente pretendo entender qué ocurrió… y en qué podía estar pensando el juez Stafford cuando volvió a interrogar a todos los testigos. Al parecer le preocupaba el informe del forense. Me pregunto si tendría algo que ver con eso.
—¿Qué le hace pensar que tenía algo que ver con eso? ¿Acaso lo dijo? —preguntó Lambert.
—Dijo muy poco. ¿No fueron las pruebas médicas la base de la apelación?
—Sí, pero no había nada en ellas. La apelación fue desestimada.
—Quizá fuera eso lo que perturbaba a Stafford —apuntó el inspector.
—Entonces se trata de una cuestión legal, no relativa a las pruebas —afirmó Lambert con absoluta certidumbre. Se inclinó un tanto, de nuevo concentrado en el rostro de su interlocutor, la expresión dura, el entrecejo fruncido—. Mire, Pitt, fue un caso muy difícil de investigar, no por las pruebas, que estaban bastante claras y había testigos, sino por el ambiente. Mis hombres estaban tan horrorizados como el resto de la gente… más incluso. Vimos el cuerpo, por el amor de Dios. Vimos lo que ese monstruo le hizo… pobre diablo.
Pitt experimentó una repentina opresión. Había visto cadáveres, y sintió el lacerante horror y la compasión, imaginó el miedo, el momento en que les sobrevino la muerte, la demencia del odio que debía de haber reflejado en la cara del asesino… o el terror que los invadió, que, aunque breve, les hizo perder la razón y parte de su humanidad.
Lambert debió de leerle el pensamiento.
—¿Puede culparlos si les resultó duro? —preguntó al punto.
—No —respondió Pitt—. No, por supuesto que no.
—Para colmo teníamos al subcomisario encima todos los días, en ocasiones varias veces al día, exigiendo que diéramos con el autor y encontrásemos pruebas. —Se estremeció incluso en tan caldeada habitación, el gesto torcido en una mueca de dolor—. No tiene ni idea de cómo fue. Nos contaba cada día lo que decían los periódicos, los disturbios antisemitas en las calles, las frases pintarrajeadas en las paredes, la gente arrojando piedras y basura a los judíos, las ventanas destrozadas de las sinagogas. Lo relataba una y otra vez como si nosotros no nos hubiésemos enterado. Decía que teníamos que resolverlo en cuarenta y ocho horas. —El desprecio afloró a su rostro—. ¡Por supuesto no nos decía cómo! Hicimos cuanto pudimos… eso puedo asegurárselo. Y lo hicimos bien. Interrogamos a todo el mundo… al portero que recibió el mensaje del chico…
—¿Qué chico?—le interrumpió Pitt.
—Oh, Godman dio a un golfillo de la calle un mensaje para que se lo entregara a Blaine —explicó Lambert—.
De palabra… nada escrito. Al menos estaba lo suficientemente lúcido y cuerdo para eso. Es de suponer que Godman aguardó en la oscuridad, al otro lado de la calle, hasta que vio apagarse las luces del teatro y salir a Blaine; justo entonces envió al golfillo para que le diera el recado. De ese modo se aseguraría de que le llegaba. Después Blaine se dirigió hacia el norte, al Soho. Tenemos el testimonio del portero que lo confirma. Y es de suponer que Godman lo siguió, llegado a un punto tomó un atajo, lo adelantó y lo cogió en Farrier’s Lane, donde lo mató.
—¿Todo planeado? —preguntó Pitt con curiosidad—. ¿Cree que sabía que los clavos de herrador estaban allí? ¿O fue casualidad?
—Eso no importa —contestó Lambert encogiéndose de hombros—. El hecho de que llevara a Blaine hasta allí con un supuesto mensaje de Devlin O'Neil demuestra que sus intenciones no eran buenas. Sigue siendo un asesinato premeditado.
—¿Según el testimonio del portero? —inquirió el inspector.
—Y del golfillo.
—Continúe.
—También tenemos el testimonio de los tipos que merodeaban por la entrada de Farrier’s Lane y vieron salir a Godman. Cuando pasó bajo la farola, vieron sangre en su abrigo. Claro está que en aquel momento simplemente pensaron que era un borracho haciendo eses y que la sangre era de alguna herida que él mismo se había hecho al caer, o que le sangraba la nariz… No le dieron importancia.
—¿Iba haciendo eses? —preguntó Pitt con curiosidad.
—Supongo. Probablemente estuviera agotado después del esfuerzo, y más que enloquecido.
—Sin embargo, logró rehacerse por completo, tanto como para pararse y bromear cuando llegó donde estaba la florista, dos calles más allá.
—Eso parece —corroboró Lambert con irritación—. Para entonces había conseguido controlarse. El testimonio de esa mujer fue muy concreto. Fue eso lo que realmente le llevó a la horca. —Volvía a estar a la defensiva, rígido en su sillón—. Paterson, el sargento que dio con ella, es muy bueno.
—¿Con la florista?
—Sí.
—¿Podría hablar con él?
—Naturalmente, si así lo desea, pero solo le dirá lo que yo ya le he dicho.
—¿Y qué hay del abrigo ensangrentado?
—Se deshizo de él en algún punto entre el final de Farrier’s Lane y Soho Square, donde se encontró con la florista. Nunca lo hallamos, pero no es de extrañar. Ningún abrigo duraría mucho en una calle londinense. Si no se lo quedó alguien, lo vendería a los traperos por el equivalente a una semana de alojamiento… o más.
Pitt sabía que era cierto. Por un buen abrigo de caballero podía sacarse lo suficiente para un mes en algún tugurio de mala muerte, además de sopa y pan. Para algunos podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Un poco de sangre no importaría nada en absoluto.
—¿Y el collar? —preguntó.
—¿El collar? —Lambert estaba sorprendido—. Por el amor de Dios, está claro que ella se lo quedó. Valía mucho, según su ayudante de camerino, capaz de reconocer un diamante cuando lo veía. Supongo que al ser la ayudante de una actriz veía bastantes imitaciones, y también piezas reales. —Hubo cierta inflexión en su voz, una sombra en el rostro que expresaba desprecio por el artificio, ya fuera profesional o aficionado. No hacía distinción entre la ilusión destinada a entretener, o a transmitir una verdad más profunda, y la simple falsificación con ánimo de engañar.
—¿Lo buscaron? —preguntó Pitt.
—Sí, naturalmente, pero ella tendría un centenar de lugares donde esconderlo si quisiera. No fue robado, difícilmente podíamos efectuar un registro policial. Sencillamente pudo llevarlo a la casa de empeños más próxima hasta que remitiera la exaltación popular.
—¿Se la ha visto con él desde entonces?
—¡No tengo ni idea!— Lambert levantó la voz, exasperado—-. Blaine está muerto, a Godman lo ahorcaron. ¿A quién iba a importarle?
—A la viuda de Blaine. Al parecer debería ser suyo.
—Bueno, me atrevería a decir que tenía pérdidas mayores que lamentar —espetó Lambert—. Era una mujer muy decente, pobre criatura.
Pitt mantuvo la compostura a duras penas, y solo porque le interesaba. No conseguiría nada con una disputa, y lo cierto era que, aunque Lambert no era muy de su agrado, le comprendía. Debió de ser una época horrible, terrorífica, abrumadora, de histeria colectiva y oficiales superiores hostigándolo, mirando por encima del hombro cada uno de sus actos y exigiendo resultados imposibles.
—¿Y qué hay del arma? —quiso saber Pitt.
Lambert se puso tenso de nuevo.
—Nada concluyente. Se utilizó media docena de clavos de herrador largos para crucificarlo. El forense concluyó que probablemente fuera alguno de ellos.
—¿Podría ver ahora al sargento Paterson? —preguntó Pitt—. Creo que ya me ha dicho todo lo que necesito saber. No se me ocurre nada más que usted pudiera haber hecho, y dudo que alguien lo haga en el caso Stafford. Hasta ahora las pruebas contra Godman parecen concluyentes. Ignoro qué estaba investigando Stafford. Nadie encontró ni el abrigo ni el collar. Nadie ha cambiado su testimonio. ¿No ha vuelto a ver a la florista o al golfillo que dio el mensaje a Blaine?
—No, como usted dice, no hay nada. —Lambert se apaciguó—. Lo siento —se disculpó—. Supongo que he sido bastante descortés. —Hizo un amago de sonreír—. Son malos recuerdos, y esa mujer, Macaulay, empeñada en remover el tema, insistiendo en que nos equivocamos de hombre… resulta duro de aceptar. Si Stafford intentaba acallarla de una vez por todas, desearía con toda mi alma que lo hubiera logrado.
—Tal vez yo pueda hacerlo —-afirmó Pitt con una sonrisa.
Lambert suspiró. Por fin sus ojos dejaban de echar chispas.
—En ese caso le deseo buena suerte. Iré a buscar a Paterson. —Se puso en pie y pasó ante Pitt, dejándolo solo mientras salía al pasillo y este oía alejarse sus pasos.
El inspector se levantó de inmediato para abrir la ventana y aspiró el aire frío con alivio. Al cabo de un momento volvió a cerrarla casi del todo y regresó a su asiento justo cuando se abría la puerta y aparecía un sargento de uniforme, la guerrera inmaculada, los botones relucientes. Tenía poco más de treinta años y era de estatura y complexión medias. Su rostro era poco común, la nariz larga y muy aguileña, boca más bien pequeña, pero lo anodino de sus rasgos quedaba redimido por unos bonitos ojos oscuros y una exquisita mata de pelo ondulado peinado hacia atrás desde una amplia frente.
—Sargento Paterson, señor —se presentó, erguido, no firme, sino en actitud respetuosa.
—Gracias por venir —dijo Pitt apaciblemente—. Siéntese. —Le indicó el sillón de Lambert con la mano.
—Gracias, señor —aceptó Paterson—. El señor Lambert me ha dicho que quería hablar conmigo del caso Blaine/Godman. —Su rostro se ensombreció, pero no había en él nada evasivo.
—Así es —reconoció el inspector. No le debía al sargento ninguna explicación, pero se la dio de todos modos—. Parece guardar relación con un asesinato que estoy investigando. El señor Lambert me ha contado muchas cosas, pero me gustaría oír de su boca todo lo que averiguó sobre los movimientos de Godman aquella noche.
El semblante de Paterson reflejaba sus emociones con transparencia. El solo recuerdo le hizo revivir la cólera y el asco que sintió entonces. Estaba tenso, los hombros agarrotados, y su voz cambió tan pronto como inició el relato.
—Yo fui uno de los primeros en llegar al patio de Farrier’s Lane. Blaine era un hombre bastante alto, joven. —Se interrumpió. La pena se dibujaba en su rostro. Saltaba a la vista que era capaz de recordar cada detalle. Respiró hondo y continuó, la mirada fija en los ojos del inspector, tratando de averiguar si comprendía la magnitud del horror—. Llevaba algún tiempo muerto. Era una noche fría, poco faltaba para que helara, y estaba rígido. —Le temblaba la voz, apenas si lograba controlarla—. Preferiría no describírselo, señor, si no es necesario.
—No lo es —dijo Pitt al instante, apiadándose del hombre.
Paterson tragó saliva.
—Gracias, señor. No es que no hubiera visto cadáveres antes, he visto demasiados, pero este era diferente. Este era una blasfemia. —La voz se le espesó al pronunciar la palabra, y se puso tenso.
—¿Tiene usted idea de cómo un hombre menudo como Godman pudo alzarlo de tal modo? —inquirió el inspector.
Paterson se concentró, dejando a un lado sus emociones. Arrugó la frente, pensativo.
—No, señor. Yo mismo me lo pregunté, pero nunca hubo ningún indicio de que lo hubiese ayudado alguien. No cabe duda de que estaba solo, por lo que sabemos. Salió de Farrier’s Lane solo. No es la clase de cosa que uno hace con otra persona. Creo que Godman debía de saber cómo levantar a alguien. Quizá formara parte de su trabajo de actor. Como los bomberos.
—Puede ser—admitió Pitt—. Continúe. ¿Cómo siguió la pista de sus movimientos una vez fuera de Farrier’s Lane?
—Con paciencia, señor. Pregunté a la gente de los alrededores, a los buhoneros de la calle, a los barrenderos que me cruzaba, a los vendedores ambulantes y demás. Di con una florista que lo vio claramente. Estaba a la luz de una farola en Soho Square y él se paró a hablar con ella. No cabe duda de que era Godman, él mismo lo admitió. Dijo que eran las doce y cuarto de la noche. Ella dijo que así era, al principio; luego, cuando la interrogamos más a fondo, afirmó que en realidad era la una menos cuarto, que se equivocó la primera vez. Al parecer él intentó decirle que eran las doce y cuarto. Hay un reloj justo encima, en una casa, y ella lo oyó dar la hora. Toca una sola campanada a los cuartos y dos a la media, a diferencia de la mayoría, que da tres a menos cuarto.
—¿Era importante? —preguntó Pitt, dubitativo—. Ustedes no sabían a qué hora habían matado a Blaine, ¿o sí? ¿Con exactitud? Seguro que los que merodeaban por Farrier’s Lane no sabían la hora.
—No —reconoció Paterson—, pero teníamos una idea aproximada porque sabíamos la hora a la que Blaine había salido del teatro, que fue pasadas las doce y cuarto. Si Godman hubiera estado a esa hora con la florista y alejándose de Farrier’s Lane, no podría haber entregado el mensaje ni matado a Blaine en el patio de las caballerizas, ya que tomó un coche justo después y el cochero juró que lo recogió en Soho Square y lo llevó hasta su casa de Pimlico, que está a unos kilómetros. Y cuando llegó a Soho Square, donde la florista, ya se había deshecho del abrigo. A ese respecto no logramos hacer cambiar de opinión al cochero. Justo después este recogió a otros pasajeros que sabían la hora exacta. —La repugnancia sembró de arrugas el rostro de Paterson, casi como si hubiera olido algo que le revolviera el estómago—. Fue una buena tentativa de coartada, y si la florista hubiera creído lo que él le dijo y él se hubiera mantenido firme, podría haber funcionado.
—Pero no lo hizo…
—No… a decir verdad la florista no miró el reloj. Estaba a sus espaldas, solo lo oyó y aceptó la palabra del joven de que eran las doce y cuarto, no la una menos cuarto. Y naturalmente estaban los merodeadores de Farrier’s Lane.
—Parece un buen trabajo, sargento —felicitó Pitt con sinceridad.
Paterson se ruborizó.
—Gracias, señor. Nunca un caso me preocupó tanto.
—¿Lo admitió Godman en algún momento, cuando lo detuvieron o más adelante?
—No, nunca lo admitió —afirmó Paterson desolado—. Mantuvo en todo momento que era inocente. Parecía estupefacto cuando fuimos por él.
—¿Opuso resistencia…? ¿Forcejeó?
Por vez primera Paterson evitó la mirada del inspector.
—Bueno… sí, se… eh… se cabreó bastante. Pero pudimos con él.
—Lo imagino —dijo Pitt, repentinamente incómodo—. Gracias, sargento. No se me ocurre nada más que preguntarle.
—¿Le sirve de ayuda para su caso, señor?
—No lo creo, pero lo aclara. Al menos sé todo lo posible sobre el asunto Blaine/Godman. Creo que tal vez mi caso no tenga nada que ver con él, tal vez sea mera coincidencia. Gracias por su franqueza.
—Gracias, señor. —Paterson se levantó y se retiró.
Dado que allí no se podía averiguar nada más, Pitt se dirigió al sargento de recepción, le dio las gracias por su cortesía y salió a la ventosa calle. Acababa de empezar a llover, y un chiquillo con una gorra ladeada retiraba estiércol de caballo de la calzada para que dos mujeres con grandes sombreros la cruzaran sin mancharse las botas.
Pitt vio a Micah Drummond a media tarde. Llovía copiosamente, el agua golpeaba las ventanas y corría formando regueros, volviéndolas tan opacas que era imposible ver nada más que la silueta borrosa de los edificios. Drummond estaba sentado tras el escritorio de su despacho y Pitt descansaba, inquieto, en la silla de enfrente. Oscurecía temprano y el gas siseaba suavemente en los apliques de la pared.
—¿Qué ha averiguado de Stafford? —preguntó Drummond reclinándose un tanto.
—Nada —contestó el inspector con franqueza—. He hablado con su viuda, que lógicamente dice que cree que lo mataron porque tenía la intención de volver a abrir el caso Blaine/Godman. Y Adolphus Pryce opina lo mismo.
—Me he dado cuenta de que ha dicho «dice que cree» —observó Drummond—. Una elección de palabras muy cuidadosa. ¿Duda de ella?
Pitt hizo una mueca.
—Su relación con el señor Pryce es bastante más íntima de lo debido.
Drummond contrajo el rostro.
—¿Asesinato…? No tiene mucho sentido. Puede que sean inmorales, aunque no tiene prueba de ello. De todos modos hay un gran trecho entre enamorarse de una mujer casada y asesinar a su esposo. Son personas civilizadas.
—Lo sé. —Pitt no entró en discusiones sobre si las personas civilizadas cometían semejantes actos o si estos les estaban reservados a los bárbaros, ya fuera por familia o por clase social. Drummond no se refería a eso y él lo sabía—. Pasé bastante más tiempo enterándome de los detalles del caso Blaine/Godman —explicó—, intentando averiguar exactamente lo que Stafford pretendía hacer.
—Vaya. —La voz de Drummond denotó cansancio. En su rostro apareció una mueca de desagrado—. Seguro que sólo estaba intentando zanjar el asunto de una vez por todas. Yo mismo lo investigué. Godman era culpable, y no hará ningún bien que usted lo saque a la luz de nuevo. Por desgracia al pobre Stafford lo mataron antes de que pudiera demostrar a la señorita Macaulay lo equivocada que estaba, lo cual es una tragedia, no solo para ella, sino para la reputación de la ley en Inglaterra. —Se revolvió en su asiento y frunció el entrecejo—. Esa mujer está un poco loca, y me da lástima, pero está haciendo mucho daño. Por el amor de Dios, no le haga usted creer, ni siquiera por descuido, que existe la más mínima posibilidad de que se vaya a reabrir el caso.
—Estoy investigando la muerte de Samuel Stafford —afirmó Pitt mirándole a los ojos—. Llegaré hasta donde haga falta, nada más.
»He hablado con O'Neil y su familia, que no es sospechosa, por supuesto, y con Charles Lamben, quien dirigió la investigación inicial. A mi juicio no hay nada a lo que Stafford pudiera agarrarse. —Meneó la cabeza—. Aun cuando hubiese encontrado alguna de las pruebas materiales que faltaban, algo muy poco probable al cabo de tantos años, seguiría sin demostrar nada distinto. Fue una sórdida tragedia en su momento, y ahora es un desagradable capítulo de la historia. Supongo que podría hablar con los otros jueces del tribunal de apelación, por si Stafford les confió algo…
—Yo no lo haría—espetó Drummond bruscamente—. Déjelo estar. No hay nada salvo viejas heridas y nuevas dudas del todo injustificadas. Estará poniendo en tela de juicio la integridad profesional y el oficio de hombres buenos que no lo merecen.
—Me limitaré a ver a un par de magistrados, por si…
—¡No! Le repito que lo deje estar, Pitt.
—¿Por qué? —preguntó este, testarudo-—. ¿Quién quiere que lo dejemos estar?
Drummond se puso serio.
—El ministro del Interior —contestó—. Si se hace público que está usted volviendo a investigarlo, dará pie a muchas conjeturas estúpidas. La gente concluirá que hay alguna duda sobre la condena, lo cual no es cierto, y de nuevo pondrá el grito en el cielo. —Se inclinó sobre el escritorio—. A decir verdad, los sentimientos estaban a flor de piel en su momento. Si da la impresión de que vamos a decir que tal vez nos equivocamos de hombre o de que podría haber una especie de exculpación, se originarán una fuerte protesta y un gran sentimiento antisemita. Y no es justo para Tamar Macaulay. Le dará esperanzas absolutamente infundadas. Por el amor de Dios, deje que ese pobre desgraciado siga enterrado en la oscuridad y que su familia aprenda a vivir en paz.
Pitt no dijo nada.
—¿Pitt? —dijo Drummond con tono apremiante—. ¡Escúcheme!
—Le estoy escuchando, señor. —El inspector sonrió con desolación.
—Sé que me está escuchando. Quiero su palabra de que ha comprendido y de que me obedecerá.
—No, no estoy seguro de comprender nada —dijo lentamente—. ¿Por qué habría de importarle al ministro del Interior que investigue el caso si eso es lo que Stafford estaba haciendo antes de morir? Algún motivo tendría, no era un hombre veleidoso ni irresponsable. Quiero saber qué razones tenía.
El rostro de Drummond se ensombreció.
—Bien, quiero que averigüe quién lo mató, y lamentablemente todo parece indicar que se trata de una cuestión personal. No sé quién ni por qué, y usted no tiene tiempo para meter las narices en viejos casos cuando debería estar buscando alguna enemistad lo bastante enconada como para recurrir al asesinato. Quizá estuviera enterado de algún otro delito, pero no vivió para denunciarlo a las autoridades. —El semblante de Drummond se iluminó—. Quizá averiguara algo y fuera a comunicárnoslo tan pronto como tuviera pruebas, pero el criminal, quienquiera que fuese, se percató de que lo sabía y lo mató antes de que pudiera hablar con nadie.
Pitt hizo un gesto educado que daba a entender a las claras su absoluta incredulidad.
—Bien, salga de aquí y averígüelo —ordenó Drummond con aspereza.
Pitt se puso en pie. No estaba enojado. Sabía de las presiones a que estaba sometido Drummond, del férreo yugo secreto del Círculo Interior, detestado y temido a un tiempo. Ya había sentido su poder antes y sabía que Drummond lamentaba el día en que se unió a él, cuando la inocencia lo cegó y ni siquiera fue capaz de advertir la posibilidad de que hombres de su propia clase y condición persiguieran e hicieran uso de ese poder.
—Sí, señor —susurró al tiempo que daba media vuelta y se dirigía hacia la puerta.
—¿Pitt?
El inspector sonrió e hizo caso omiso.